Business Hotel (2012, rev.2018) — Cuento
para Carlos Lloró Sosa
La
sinuosidad de la escultura de madera, pulida hasta el hastío y barnizada con
pulcritud, enjaulada perfectamente en su prisión de cristal por encima del
único sofá del lobby del hotel, daba la impresión de tener mejor cabida
en el salón de un museo que en aquel lugar donde, siguiendo tal vez la mejor o
la peor de las tendencias del diseño de interiores, exhibía su brillo
cristalizado.
Un hombre de traje oscuro con una
corbata púrpura franqueó la puerta de vidrio, abierta con solicitud por el
botones. Se dirigió directamente a la mesa de recepción, sin reparar en ningún
momento en la decoración o en las pocas personas que allí había a esas horas de
la noche. Preguntó si había recibido correspondencia. La respuesta del
recepcionista fue negativa. El hombre de traje comenzó a esbozar una mueca que,
de no haberse volteado inmediatamente en aquel momento en dirección del
ascensor, hubiese podido convertirse en una mínima sonrisa. Esperó a que la
puerta de acero se abriera con su distintiva campanilla como señal de
bienvenida. Nadie podría quedarse a vivir en un ascensor, como seguramente
nadie podría vivir en un lugar como este, un hotel de negocios, un lugar de
paso para ejecutivos cumpliendo su funcionalidad sin ningún atisbo de
familiaridad. En asepsia total. Quizá esto era lo que él pensaba al cerrarse
frente a él las puertas perfectamente bruñidas. Quizás pensaba en cifras, en
movimientos de activos, en litigios legales. Quizás sólo se limitaba a no
pensar, o a observar su reflejo deforme en la puerta, o a atisbar, por el
rabillo del ojo, su reflejo perfecto en el espejo del elevador.
Un asimétrico florero negro con tres
varillas de algún tipo de junco seco lo esperaba al abrirse la puerta metálica
en el piso 14. No pudo evitar esbozar una sonrisa al recordar el hecho de que
aquel hotel, como muchos otros, seguía la superstición de no tener un piso 13.
Pero si se tomaba como referencia la propia estructura del edificio y no las
convenciones de sus creadores, aquel era efectivamente el treceavo piso. Caminó
por el pasillo sosteniendo su maletín con la mano izquierda y la tarjeta de la
habitación en la derecha. Abrió la puerta de la habitación 1416, encendió la
luz, cerró la puerta y se sentó pesadamente en el sillón negro que se
encontraba a exactamente tres pasos de la entrada, a mano izquierda. Justo en
el momento en que su cuerpo tocó el frío cuero del sillón, su mano izquierda
dejó caer el maletín, el cual osciló por unos instantes, amenazando
desplomarse, hasta que lentamente encontró su punto de reposo sobre la
alfombra. Respiró lenta y hondamente, y poniendo las manos sobre sus rodillas
se levantó y entró al baño a beber un poco de agua. Le quitó la cubierta
plástica al vaso de vidrio, lo olió, lo llenó de agua hasta la mitad. La bebió
lentamente, sin perder de vista su imagen en el espejo. Una lenta carga de
tiempo se dejó caer sobre la habitación, generando repeticiones espasmódicas,
fluctuaciones aperiódicas de densidad, haciendo que el paso de la vigilia al
sueño fuera gradual; un sueño pesado e irreversible que se fue apoderando de él
mientras yacía desnudo sobre la cama, musitando cuentas ininteligibles que a un
hipotético observador descuidado pudieran haber hecho pensar en una de las más
comunes curas para el insomnio. Vicios de una realidad pesada que
insistía en renombrarse, mientras el síntoma de las extensiones del tiempo se
hacía imperceptible bajo la siembra de las arañas.
La alarma de su celular lo despertó a la hora acostumbrada, las 7:00 de la mañana, la hora en que la luz amarillenta del sol matutino se emblanquecía al pasar por la albura de los visillos. Se levantó de la cama, descorrió las cortinas y contempló la ciudad desde el amplio ventanal, desnudo, brazos en jarra. Volvió hacia el interior de la habitación, se metió en la ducha, secó prolijamente su cuerpo, se vistió, tomó el maletín que seguía en su lugar junto al sillón y salió.
Al volver por la noche a la habitación notó algo. Algo que en realidad estaba ahí desde la mañana, pero que él notó recién por la noche. Supuso en ese momento que el objeto en cuestión lo había dejado olvidado la mucama que fue a limpiar la habitación mientras él se encontraba fuera, por lo que llamó a la recepción con el simple ánimo de poner las cosas en orden. El recepcionista le informó, luego de hablar con la muchacha, que ella no se había percatado de ningún objeto extraño en la habitación, pero que su omisión sería registrada ya que no cumplía con los altos estándares de limpieza del hotel. Él le solicitó que no lo hiciera, que no era necesario, que probablemente él mismo la había puesto ahí y lo había olvidado (una afirmación absurda, de las que no acostumbraban salir de su boca; el segundo hecho altamente inusual de aquel día). Luego de una retahíla de disculpas del recepcionista, y de promesas de que se pondría un especial cuidado en el aseo de su habitación, colgó el auricular. Mientras hablaba, no había dejado de mirarla. Era una bolita metálica, que descansaba sobre la mesita junto al sillón negro. Era achatada en los polos, como la Tierra, pero con pequeños agujeros oscuros que puntuaban la lisa superficie plateada. Esta característica la asemejaba, en realidad, a la luna. La miró detenidamente por unos 10 minutos y luego decidió que aquel objeto no lo distraería más de su rutina. El extraño geoide permaneció allí mientras él se quitaba la ropa y se dirigía a la ducha, mientras se duchaba y se secaba, mientras se lavaba los dientes. Sólo al terminar volvió a preocuparse del objeto y comenzó a considerar la posibilidad de tocarlo.
Cuando
la bolita llevaba un buen rato girando, desplazándose erráticamente sobre la
cubierta de vidrio de la mesa de centro de la habitación, se dio cuenta de que
desde que la había puesto a girar ésta parecía estar acelerándose; lenta, pero
perceptiblemente. No sabía exactamente cuánto tiempo había pasado, pero sin
duda un objeto ordinario de seguro habría perdido hacía mucho su energía y
habría vuelto al reposo. La detuvo con sus dedos índice y medio, y pese a que
giraba muy rápido para entonces, se detuvo en seco al primer contacto con sus
dedos. En ese momento la tomó y la sostuvo en la palma de la mano por primera
vez. El metal (o lo que parecía ser metal) del que estaba hecho la bolita,
siempre permaneció igual de frío: tanto en el momento en que sus dedos
detuvieron su giro, como cuando la sostuvo con la palma abierta. Incluso cuando
empuñó la mano y la apretó por un momento esperando entibiarla, ésta permaneció
gélida. Decidió finalmente dejarla en el cajón del velador ya que,
repentinamente, se dio cuenta de que había desperdiciado un precioso tiempo
manipulándola. Volvió a su rutina nocturna, pero con 17 minutos de retraso.
Antes de apagar la luz para dormir, abrió el cajón del velador y miró una vez
más la bolita. Descansaba tranquilamente sobre la madera aglomerada del fondo
del cajón. Una siembra de voces se anudó en los espejos de su garganta como
urdiendo un plan, como asaltadas por la prontitud. Delgadas fibras anidaban en
el aire muerto del entorno que se mezclaba con el de su exhalación. Oscuro
tiempo amontonado en cada concavidad y en cada orificio; argot gutural de
cifras irreales, guarismos que coagulaban en la electricidad feble de la
materia, momificando la apariencia y la densidad de la prisión inmune a las
llaves. Cerró el cajón, apagó la luz y posó la cabeza sobre la almohada.
Cerró los ojos y se durmió.
Su voz había enronquecido, al
parecer durante el sueño. Se dio cuenta cuando pronunció suavemente el nombre
de la pasta de dientes. Carraspeó un poco pero la ronquera no desapareció.
Supuso que, pese a todas sus precauciones higiénicas, se había contagiado
alguna infección. Camino a la reunión compraría algo en alguna farmacia.
Mientras se vestía pensó en la bolita. Tal vez el virus o bacteria venía
adherido a ella. Recordó haberse lavado las manos más cuidadosamente que de
costumbre después de manipularla la noche anterior. Cuando ya había atravesado
el umbral de la puerta de la habitación y se volteaba para cerrarla tras de sí,
un impulso ciego, urgente, lo hizo correr de vuelta a la habitación a buscar la
bolita. La colocó en el bolsillo derecho de su chaqueta. El recepcionista le
preguntó, al pasar por el lobby, si todo se encontraba en orden y a su
gusto. Sin detenerse, él contestó afirmativamente, le dio las gracias y salió
rápidamente del hotel. Detrás suyo, la mirada del botones que le sostuvo la puerta
al salir cargaba un peso inusual.
Le fue difícil mantener su mano fuera del bolsillo mientras estaba en la junta. Una extraña compulsión lo llevaba a pasarse la bolita entre los dedos una y otra vez, aun corriendo el riesgo de impregnarse más todavía la supuesta bacteria o virus. Estuvo tentado de sacarla de su bolsillo y hacerla girar sobre la mesa de vidrio, pero se contuvo. Más tarde se le haría intolerable siquiera haber tenido esa idea.
Cuando franqueó la puerta del hotel por la noche, lo hizo con su mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Al sentarse en la cama, lo imperturbable de su mirada parecía indicar que ese punto indeterminado se mantenía aún frente a él. Dado el súbito movimiento de su cabeza, dio la impresión de que el punto invisible se había movido hacia la superficie de la mesa. Sin bajar la vista, sacó la bolita de su bolsillo y la depositó justo en el lugar donde debía estar aquel punto. Cuando la soltó, la bolita osciló sobre el vidrio, como si hubiera quedado mal colocada, y dio la impresión de que se pondría a girar animada por una energía desconocida. Eso parecía sin duda, pero su movimiento se fue enlenteciendo hasta llegar al reposo. Hasta ese momento, durante todo el tiempo que había tenido la bolita, incluso mientras la manipulaba con asiduidad durante la junta, ésta se había mantenido fría. En esta ocasión, al tomarla para guardarla en el cajón del velador, se dio cuenta que estaba tibia. Tibia y algo blanda. La apretó levemente con los dedos y notó que la bolita se aplastaba bajo la presión, aunque sin perder la lisura del metal. No hubo un cambio en su densidad aparente o en su textura, sino en su dureza. Él sabía que el metal al calentarse a altas temperaturas se expande y se vuelve blando (lo que no era el caso), por lo tanto comenzó a considerar la posibilidad de que la bolita en realidad no estuviese hecha de metal, sino de algún tipo de polímero desconocido para él. Sin perder la compostura debido al extraño comportamiento del objeto, decidió ir más allá. Tomó con los dedos de ambas manos la bolita y comenzó a estirarla lentamente. El material cedía, sin resistencia, a la tensión. Fue añadiendo cada vez más fuerza hasta que se encontró con una tira de material de apariencia metálica que iba de un extremo a otro de sus brazos abiertos. La miró de un extremo a otro y cuidadosamente la depositó sobre la cama. La bolita transformada en tira mantuvo su forma. En ese momento se dio cuenta de que sería mucho más difícil de ocultar en esa forma. Pensó si sería posible volverla a su forma original. No parecía posible, pero decidió intentarlo. No tenía elasticidad alguna pero era flexible; más bien se asemejaba a una larga tira de masa cruda. Tomó nuevamente los extremos e intentó hacer el proceso inverso, es decir, comprimir. Lentamente la tira se fue comprimiendo hasta que volvió a su forma original, prácticamente sin esfuerzo. Sólo después de haberla guardado en el cajón, después de haberse lavado la cara y los dientes, y después de haberse desnudado y metido bajo las tapas, se concedió un momento para sentir perplejidad.
Los días
de estadía se terminaban y él ya había conseguido, a fuerza de sumar a la labor
de sus manos la visualización mental (habilidad que descubrió, a diferencia de
todas las demás habilidades que poseía, por accidente), “formar” una silla con
la bolita. De la misma forma había logrado conseguir un vaso, una taza, y algo
parecido a un cuchillo. Al parecer, mientras más difusa era la imagen mental,
la bolita era menos capaz de tomar la forma deseada, por lo que comenzó a hacer
cada vez más largas sesiones de concentración. Trataba de reducir al mínimo
posible los tiempos de trayecto entre las juntas y sus llegadas al hotel, de
forma que eliminó los posibles almuerzos y cafés fuera y comenzó a pedir todo a
la habitación. Redujo al mínimo también todas sus actividades personales con el
fin de destinar el máximo tiempo posible a concentrarse en sus manipulaciones
de la bolita. Al desviar toda esa energía organizativa hacia ella, la bolita
comenzó a responder de forma cada vez más precisa a las instrucciones mentales
y manuales de él. Daba la impresión de que la bolita no solo tenía una
dimensión física: era mucho más que un objeto inerte. Daba la impresión que a
medida que la mente se concentraba en ella, la bolita también se concentraba
en la mente del que la estaba manipulando. Daba la impresión, en suma, de que
comenzaba una fusión, y que sujeto y objeto pasaban a ser, tal vez a pesar de
ambos, uno y el mismo.
Dejó de guardar la bolita en el cajón por las noches. Luego de terminar las manipulaciones del día, que podían tomar varias horas seguidas, comenzó a ponerla bajo la almohada. La primera noche fue normal, nada inusual lo perturbó. La segunda noche tuvo un sueño extraño. Soñó que se veía a sí mismo durmiendo en una antigua cama de metal, en una pequeña habitación del segundo piso de una vieja casa desconocida. Despertaba en el sueño y recordaba la bolita debajo de la almohada. En ese momento se veía al mismo tiempo desde dos perspectivas: una en tercera persona, observando desde el costado de la cama; otra en primera persona, siendo él mismo el que está acostado y despertando del sueño. Al levantar la almohada para sacar la bolita ve en su lugar una maraña asquerosa de gusanos, todos moviéndose y retorciéndose como un solo organismo, como una especie de cerebro ramificado y pulsátil. Más que asco, la visión le produce extrañeza en el sueño. De pronto despierta realmente, en la suave penumbra de su habitación de hotel. Enciende la luz del velador y mira debajo de la almohada. La bolita se encuentra allí, fría, inmóvil. La quietud de la bolita llega a parecerle obscena. Retoma el sueño con cierta dificultad. Los sueños extraños continúan en las noches siguientes. Su extrañeza, sin embargo, no radica en que sean más grotescos o extravagantes, sino que en una especie de cualidad minimalista, árida, monolítica. Eventos inconexos, erráticos, como borrosas diapositivas sin continuidad alguna. En uno de los sueños en lugar de gusanos la maraña era de pelos vivos. En otro aparecía una mujer vestida con un traje de gala negro y un violín en la mano derecha y el arco en la izquierda.
Hacía varias semanas que su tiempo oficial de estadía había terminado. Dejó por completo de asistir a reuniones, de contestar el teléfono, de encender su computador. Tampoco aceptaba visitas en el hotel. Los pocos que fueron a buscarle, a enterarse de su situación, se encontraban siempre con la puerta cerrada. Ya nada del mundo exterior le preocupaba. Decidió extender su estadía de forma indefinida, cosa que las ganancias de sus negocios le permitían. Una buena suma despejó también los reparos de la administración del hotel.
Fue unos
días antes de comenzar a intentarlo realmente, que empezó a pensar en la idea
de darle forma humana a la bolita. Siempre fue una mujer la que visualizó, una
figura masculina nunca pasó por su cabeza, pero no había una razón especial
para ello. Era considerablemente más difícil formar una figura humana que una
silla o un utensilio, por lo que uno tras otro fueron acumulándose los intentos
fallidos. También crecía su frustración. No sólo se le hacía muy difícil el
modelado mismo de la bolita, sino sobre todo la visualización. Intento tras
intento, una forma de mujer iba apareciendo: una escultura de metal sin rostro.
Pese a que había reducido sus visitas al mínimo, de igual forma las mucamas
debían entrar a la habitación para asearla y ordenarla de cuando en cuando, de
modo que luego de cada sesión de trabajo él volvía la masa metálica a su forma
original y se la guardaba en el bolsillo. Con el tiempo fue ganando maestría, y
la bolita se iba convirtiendo cada vez más en una mujer con cada sesión. Detalles
más minuciosos iban añadiéndose, y el cuidado y esmero que él ponía en su
trabajo (mentalmente la llamaba su “obra”) lo absorbían por completo.
Cuando la bolita convertida en
escultura de mujer había llegado a un alto grado de perfección, se dio cuenta
de que no había reparado en un grandísimo detalle: el movimiento. En su
obsesión, se entregó por completo a reproducir su forma femenina ideal en la
materia de la bolita, casi como si en el fondo pensara que una vez conseguida
la perfección ésta cobraría vida. Pero no era así. Estaba cerca de la
perfección sin duda, pero la mujer de metal no cobraba vida. Tal vez el
misterio estaba en el rostro.
Se entregó incansablemente a la
tarea de perfeccionar el rostro, pero la figura permanecía inanimada.
Finalmente comprendió. Los ojos. Por más que lo intentara, por más que se
esforzara en ser minucioso con todos los otros detalles del rostro, jamás lograba
que los ojos siquiera se acercaran al nivel de detalle que había logrado en el
resto del cuerpo. Se sintió derrotado en muchas ocasiones, pero eventualmente
siempre volvía a intentarlo de nuevo. Sin éxito.
La obsesión lo consumió de tal modo que llegó a olvidar prácticamente todo de su pasado. Aun si hubiera querido salir del hotel y volver al lugar del cual había venido, ya no lo recordaba. Se había alienado por completo. Era un hombre sin origen. Cada día se enfrentaba a una perfecta imagen en metal de una mujer, esa que él había construido sin saber por qué. Pasaba horas muertas contemplándola. Cada noche la deshacía y colocaba la bolita debajo de la almohada para dormir.
Una
noche soñó que estaba nuevamente en esa vieja casa desconocida, durmiendo de
nuevo en aquella cama. Sentía movimiento bajo la almohada y la levantó. Bajo
ella ya no había gusanos ni nada asqueroso como antes, sino una materia negra,
de un negro tan intenso y profundo que sintió vértigo. Sintió que esa negrura
se lo tragaría. La negrura se extendió por el espacio y lo fue absorbiendo, lo
que le produjo un horror y un espanto indescriptibles. Luego, en la negrura más
absoluta, vio pequeños puntos de luz, como un cielo estrellado. A continuación
la negrura fue mutando, pasó del negro absoluto a una blancura enceguecedora. De pronto un estallido de
miles de colores, una iridiscencia absoluta, en la cual le pareció distinguir
infinidad de ojos, abiertos e inexpresivos. Finalmente un estallido de rojo
intenso, acompañado de un chasquido que parecía provenir de dentro de su
craneo, que lo hizo despertar sobresaltado. Estaba en su habitación de hotel,
desnudo, empapado en sudor. Era de día. Se fue incorporando de a poco. Al cabo
de un rato miró el reloj. Había pasado más de un día durmiendo. Se levantó al
baño. Luego de haberse dado una ducha, se sentó en la cama y reflexionó sobre
lo que había soñado. No le pudo hallar ningún sentido. La confusión en que se
encontraba era absoluta. Después de un rato fue a buscar la bolita debajo de la
almohada. Allí estaba. La apretó fuertemente con la mano empuñada, sin mirarla.
Estaba fría pero notó que se entibiaba al contacto con su piel. Sacó el puño de
debajo de la almohada y lo puso frente a sí. Abrió la mano y vio la bolita. Era
la misma bolita de siempre, pero tenía algo nuevo. Le tomó un tiempo aterrarse.
Sobre la superficie de la bolita había un par de ojos cerrados, como dibujados
con lápiz grafito. Eran femeninos, bellos, delineados a la perfección con cada
trazo. Pero no estaban dibujados. De pronto esos ojos negros se abrieron,
dieron unos cuantos parpadeos y se quedaron mirándolo. Fijamente.
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