Los cantos del secano (2017) - Poemario
LOS CANTOS DEL SECANO
a Esteban Correa, en amistad
y en reconocimiento a su obra homónima
I
Un trago de hierba, de tierra seca,
de color perpetuo
por encima de las bocas abiertas.
Un trago de sal secreta y rocío
al calor de las piedras: luego
su áspera humedad intermitente
su sollozo ficticio
su hambre de vacío, el registro
de su condensación, la larga espera
por una llama que sea perpetua.
Sendero discontinuo, la brisa
dictando su ensalmo
su condena de tiempo perdido
a todas luces
a toda sobra
entre las piedras desveladas por el frío.
Un despliegue de toda la luz
de toda la somnolencia de la eternidad:
el páramo desfigurado, deglutido
por la primera sequedad, por el hielo
de las estrellas -la pausa que se toman
antes de formar constelaciones.
Un trago de tierra y sal, de escarcha
seca como las inmóviles extremidades
del vapor, esas que punzan el aire por sacarle su agua
y que las gotas y el viento combinan
en apariencia de danza
como la de ángeles innumerados
resbalándose de la punta del alfiler.
Se traga un color muerto, una sola sangre
que riega el sendero, un solo hueso clavado
enclaustrado en campo abierto
blanqueado y endurecido hasta ser paisaje
piedra bruta
cal de las cosmogonías.
Las planicies son las que mueven la rueda
-óxido universal- mientras la luna sella
a modo de musgo
el tronco horizontal del territorio.
Circula por la garganta el viento humedecido
la boca abierta
las pálidas lenguas deslavando las laderas
a la hora en que el oro naciente
se junta con la plata viva en el crisol.
La palidez del vientre, su rugoso aroma, su extensa
hambre solidificada a expensas
de la hierba floja
que padece su desequilibrio: la esfera abierta
que se consuma en fiebre,
su paraíso terminal inacabado
una pausa
el entretiempo de lo interminable.
II
La caída del viento hacia el cielo salobre
compone nubes en arquitectura, en techumbre;
pequeña luz no relacionada con la lengua
ni con los prefijos de la garúa. Persistente
imagen de los espejos, las huellas que
se mantienen en la niebla corrediza
y se estancan en el frío y en la luz disminuida
tras los siglos acumulados en una nieve
cada vez más distante.
Casi se circunscribe el brillo a un solo punto
singular y extenso, casi perdido en su flagrancia
y que carcome y agota los colores
allegados a la circulación perpetua;
rasgos huidizos de las piedras, gestos perfectos
casi por completo consumidos por la letanía del sol
y abrasados sin el consuelo
del agua dura de la mañana.
Se disemina por la garganta lo áspero
y no se levanta el dulzor atrapado
en los encantamientos y los sortilegios.
La niebla murmura su alfabeto
a pesar de los ojos ávidos de penetrarla,
de romper su velo nupcial
y componer el caldo especular:
componer los cauces perdidos
las sombras disueltas, las lenguas;
componer los secretos reflejos.
Piel curtida los ríos secos, crisoles
de carne desaparecida
disuelta en el color permanente;
fragua incompleta para concebir,
canales vitrificados para dar a luz.
Garganta pesada que ignora el futuro
convertida en paso cerrado a perpetuidad;
perfil rocoso, protuberancia suplicante,
membranas de hilo sujetándose
en una maraña casi estable, en una
casi permanente madeja con su aire
bien lejos del universo.
Limitada por la superficie la expansión
de una incipiente arquitectura de cáscaras
se fija en lo que queda del horizonte
en lo que queda de arreboles marchitos.
La imparcialidad de la línea del horizonte
se refleja en lo hondo de los valles;
el suelo anclado a la sequía se descubre
magnificado en una imagen sin pasado
en la cual los monolitos recirculan,
se marean en el carrusel de la erosión.
Piel desmadejada, metálica en la fricción salina:
piel recordada en los pliegues de la sangre
aprendida de los líquenes alfabéticos.
Turbio llanto en la madrugada de las larvas
tangente a la raíz perpetua, adyacente a los colores
de las impuras criaturas, las oscuras bestias sin nombre
que toman el aire por asalto, que se sustraen al reloj
a la vez que se suman a la humedad de la corteza.
Un territorio visto desde arriba
cubierto por lo dormido.
Desecadas formas de vida
no quietas
sino en lentísima danza.
III
El trago siempre vuelve a circular
aunque a ratos lejos de la arena
y cerca de los manantiales. La savia
recorre su propia versión del inframundo,
su propia versión del movimiento perpetuo
en cada aspiración, en cada breve prefijo
mientras las huellas invadidas por el agua
hablan de lugar de paso, de intercambio,
de confabulación de círculos migratorios.
Circulación entre el cielo y su doble:
la danza frente al espejo, en los recovecos,
en la intimidad de las grietas. Testimonio
de fricción antes del habla, antes del levantamiento
y de la topografía. El mismo tiempo cada vez,
el mismo tiempo que se ausenta,
que permanece al margen del proceso; el mismo cuerpo
que no levanta el vuelo, que se fija en lo que contiene
muy cerca de las piedras y de la paradoja
de su baja valencia.
Cardos versificados: su contemplación
hacia una nueva llave de lo seco, hacia una nueva
consonante que mascar, un hilo perdido
en su propia longitud. Lo tan antiguo
que bajo el cielo se convierte
en símil de lo permanente.
Lo que se fijó antes en el hielo escurre
hasta estallar en colores, hasta brotar en irisado espectro
oponiéndose a la continuidad del paisaje.
Párpados calcificados la licuefacción de los cauces
que van cayéndose hacia el agua de la memoria,
lavándose y borrándose en el líquido ágil,
prueba perfecta, adyacente a lo estancado
a los líquenes y a las piedras tatuadas
que terminan de romperse
al borde de su propia sombra.
Se dispersan, se disipan los meandros, los afluentes
la flor perfecta de las aguas
las aguas que sólo nos dejan piedras como fermento
para el tiempo de los fines.
Pasaje y garganta ampliada, las salivaciones
acumulándose como hierba muerta
en una comparación que por tardía es más estéril.
La tensión preciosa conservada en los segmentos de voz,
en los cauces desmedidos, ciegos, contiguos, equidistantes
al pleno cielo que se engulle
faltándole un alto techo entre las manos
y una planicie por la cual huir.
Las siembras buscan cohesión
y los vientos se desembarazan de las formas
se desmembran al igual que el agua finge ser destino,
miembro fijo del habla, enmienda
principal sin la cercanía de un ritmo
que sobrenade lo que traspasa su presencia
y que desde la furia del aire se filtra
para perderse en la sustentación.
Cada piedra su prefijo, su propio alimento,
gargantas que huyen de siempre ser conducto
del mismo aire difuso.
piedras del contacto, piedras de simetría
desdibujándose, separándose
de la causa fija y cancelándose,
muriéndose de sueño, heladas, uniformes,
limpias, planas, se siente, se percibe lamerlas,
dejarlas salivadas, miembros muertos
de un enorme cuerpo extraviado, exangües extremidades
fosilizadas por el cansancio, lívidas lenguas,
tubérculos calcáreos, laxas máscaras
exudadas por el suelo, por los poros de la corteza.
IV
Aurora salinizada, amortajada
por las condiciones climáticas, rastro
en un cielo hervido y enfriado
testigo de equivocados cumplimientos
de acciones evasivas, de maniobras
de adelantamiento. Mundo de vicios líquidos
lagunas en la distancia, acuíferos del aire;
se compromete amplia visión al final del espejismo.
Su calor devuelto a la niebla, su perspectiva
torcida por la distancia, cayéndose, resbalando,
convirtiéndose en vicio fijo, en cruel solemnidad
que se ha limitado a aparecer en el carbón
y en el vapor frío.
Las tormentas de tiempo, las pequeñas oquedades,
el pulso abierto, la respiración inmanifestada,
placentaria, la cara vertida desde lo oculto;
el sueño, la pausa, el viento vital
desbarrancándose, despeñándose,
las lenguas de agua lamiendo
lentamente humedeciendo
la antigüedad de los perfiles rocosos;
la rumia de unos pocos lamentos,
desperfectos precisos para pasar de ciego
y subvertir el paisaje hasta lo medular
de los acontecimientos, hasta
el espeso caudal de adentro, el que resuena
por debajo de las napas y el manto hipotético,
por debajo de las costras superpuestas.
Orografía, mueca congelada,
grito ahogado en piedra, en tierra,
polvareda de gran cementerio;
planetacamposanto, planeta de cultivo.
No porque se noten las eras geológicas acumulándose
se lava la inquietud original, el desastre
de los océanos, las trazas, el aceite
humano en las luminarias.
Paisaje atado a su visibilidad
sujeto a todas las variables
clandestino al desierto o a los vergeles.
El animal rasga el punto muerto
roe adormecido
el entumido planisferio
donde los personajes clave
se han desvinculado del entusiasmo.
Perversa fruta robada en los misterios:
hierba perdida a la entrada del inframundo.
No hay nueva concepción sin extravío,
el perderse de la semilla, el guardarse
cada flor en su aire, cada tallo
en su huevo cósmico, símil junto al mundo
de todo el carbón memorizado.
Por milagro de interacción perviven los espejismos
y se preguntan los espejos de agua por su linaje
por su filiación; crudo
camino crónico, de los hielos que se levantan
de su animal, de su jaula bestial
sin sal y endurecida en el frío.
Sin sal, sin sangre suben
se ocultan en el canon de la altura
que es el único lugar sin punto fijo
sin entrada, como viniendo desde un orden
hacia un vacío, hacia un aire
por fin enrarecido, colindante
con el pulmón sombreado y la gracia pasajera,
colindante con el color de fondo y la rugosidad,
con la textura, con el trozo irreproducible
perdido en el cielo, perdido
en la acumulación de los atardeceres.
Cuestión de deglutir, cuestión de aspirar
sintaxis del beso de la tierra, el pulso cubriente, la fiebre,
el callarse del cielo envuelto por el calor
el sello térmico del sepulcro -que no la fría piedra.
No bastarle al sol con ocultar su hechura
ni al viento con silbar su habla
para que la siembra pase a ser yesca
y el filo de la temperatura abra el vientre del viento.
Queda un solo tiempo a salvo del hambre:
calce de pequeño inframundo, calce de alma torcida.
CODA
Exilio de espacios abiertos, largas magnitudes;
reposición de la humedad cuando la grava se levanta
y los caminos se dispersan en alud
en sombra letal y asfixia
en extensiones que semejan
la concentración de lo permanente.
Moroso aletargarse de las edades en el lodo.
Lo permanente sigue acumulándose en las costras
en los campos pretéritos, en las versiones de colores
desbastados por las lágrimas de la mañana.
El color de fondo raspa su permanencia,
atribúyese los matices anteriores al otoño:
la canción desalojada por el viento,
el signo de búsqueda desaparecido en la continuidad
doblegado por el olvido, extraviado
en las contracciones del frío.
Desprendiéndose de su propia imagen en la supresión del sueño
el suelo deslavado, perdido en la humedad de la lengua
hace signo de su extravío
asociándose a lo interminable -duplicación duplicación
de la larguísima caída.
Aberraciones desmesuradas de la óptica
responsables de la humedad última;
perfecta analogía que distribuye -que disemina-
la germinal bocanada de la aurora.
© Alevi Peña, 2017
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