El sueño de Meier (2017) - Registro de sueño

Anoche soñé que Sergio Meier hablaba de los universos paralelos, del modelamiento del continuo, del colapso de todos los universos posibles en una singularidad, de un metauniverso, un espacio incognoscible en el que no hay espacio, en el que el tiempo ha implosionado, en donde se superponen todos los infinitos una vez que han colapsado todos los universos posibles en uno solo.

Nos encontrábamos escuchándolo Carlos Lloró, un par de personas más, y yo mismo. Meier —que vestía un sobrio traje de color verde oscuro y de tela ligera— partía hablando de cómo el continuo matemático está modelado en la actualidad por los números reales, los cuales según la prueba de Cantor no solo son infinitos, sino que son incontablemente infinitos; es decir, no se pueden poner en correspondencia de uno a uno con los números naturales. Decía que el número de universos paralelos existentes estaba en correspondencia uno a uno con el conjunto de los números reales, por lo que es también incontablemente infinito. Para hacer su demostración se servía de una especie de regla holográfica que actuaba a modo de recta numérica tridimensional. En ella se podía apreciar cada uno de los universos en forma fractal, lo que producía un efecto vertiginoso en el observador. Posteriormente, y a medida que Meier desarrollaba su demostración del colapso de los universos paralelos al hacerlos corresponder con los números reales, fuimos testigos de fogonazos indescriptibles de luz a medida que su regla holográfica iba haciendo colapsar los universos paralelos hasta llegar a la singularidad. En el momento en que ésta se produjo, la regla holográfica se fundió en una masa de plasma incandescente y de un blanco cegador. Todos lo presenciamos asombrados. Luego, Meier realizó un gesto que no pude distinguir, y el plasma que antes era la regla holográfica se plegó y entró en la caja en que había estado guardada, y la habitación volvió a quedar iluminada por la tenue luz de tungsteno. Meier salió de la habitación en que nos encontrábamos.

Sin transición, me encontraba nuevamente junto a Carlos Lloró y un par de personas más, esta vez en una bodega llena de estantes con libros, un par de escritorios antiguos atiborrados de papeles, y cómodas y armarios llenos también de libros y objetos raros. Era la bodega en la que la familia de Meier había dispuesto que se guardaran todas sus pertenencias. Carlos Lloró y yo habíamos conseguido permiso de la familia para ingresar a la bodega y examinar los libros y los manuscritos, pero nos estaba prohibido llevaros algo o tomar fotografías. Pese a la prohibición, Carlos y yo tomábamos varias cosas, entre ellas: dibujos, pinturas, algunos libros, manuscritos y un par de objetos raros, con el fin de hacer una exposición y una edición clandestina de sus inéditos. Llamaba mi atención un antiguo librero alto con puertas de vidrio en marco de madera: al interior se hallaban los inéditos de Meier. Abría el mueble y comenzaba a mirar fascinado los lomos de los libros. Porque eran libros, no legajos sueltos o volúmenes anillados. Meier había mandado a hacer ediciones de un solo ejemplar, en rústica, a alguna imprenta de Quillota, ediciones que estaban destinadas sólo para él. Recuerdo una edición en cuatro volúmenes de un libro fascinante escrito por Meier, construido —como La Segunda Enciclopedia de Tlön— de capítulos más o menos breves. La tentación de llevarme alguno de los ejemplares se hacía insoportable, pero temía que llevarme uno de ellos sería demasiado notorio, de modo que tomaba un pequeño libro encuadernado en tela verde gastada y descolorida, que se encontraba colocado encima de los demás libros. En eso Carlos Lloró salía de la bodega cargando bolsos con libros y cosas, diciéndome que volvería pronto. Las otras dos personas ya no estaban en la habitación. A continuación entraba una mujer, que yo presumía era familiar de Meier. La sonrisa con la que me había saludado se le desdibujó completamente cuando se dio cuenta de que había cajas de archivo vaciadas, y que faltaban cosas en los anaqueles. Habíamos sido sorprendidos con Lloró, y no habíamos tenido tiempo de reorganizar un poco las cosas cubrir nuestras huellas. Ella dijo que llamaría inmediatamente a los Carabineros. Sé que salí de allí de algún modo, y sé que fuimos perseguidos con Lloró por la policía por algún tiempo, pero esa parte del sueño se me hace muy borrosa. Lo que recuerdo con una nitidez inquietante es esa bodega, llena de las cosas de Meier, y sus libros inéditos tras unas puertas de vidrio.

APJ

11/3/2017

Post Scriptum del 15/08/2024:

Es curioso releer este sueño, porque su relato no incluye la única imagen que recuerdo claramente del sueño, que era a Meier trazando medidas luminosas en la habitación haciendo uso de un compás. Puede que esa imagen, esa visión, haya sido implantada en mi memoria a posteriori, cosa que dudo, o puede ser que se tratara una visión separada que tuve posteriormente. En cualquier caso, me parece apropiado consignarla, ya que es la imagen más pregnante que tengo de ese sueño.

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